Cuando Jackeline recibió la dirección de Bianca a través de un mensaje de texto, condujo hasta el lugar. Se encontró con un edificio que, si bien no era excesivamente lujoso, era bonito y acogedor. Al estar frente a la puerta, se sintió invadida por un nerviosismo que no esperaba. Se arrepentía de todo: de haber señalado a Bianca, de haberse querido imponer, de haber intentado decidir sobre la vida de los niños cuando sabía que no era apropiado.
Tomó una profunda bocanada de aire, tocó la puerta un par de veces y esperó. Cuando Bianca abrió, la saludó con una formalidad forzada que hizo que la brecha entre ellas se sintiera aún más grande de lo que ya era.
—Hola, señora Harrington. Pase, por favor.
Jackeline entró, pero no tuvo ojos para nadie más. Allí, de pie en la sala, estaban los dos niños: Henry y Olivia. Sus ojos se posaron en la pequeña con el abundante cabello rubio, la piel blanca como la nieve y unos enormes ojos color miel. Tenía una sonrisa radiante en la cara, era tan bo