Al otro lado de la ciudad, en un pequeño café algo viejo, vacío y aislado, Ania miraba su reloj con ansiedad, esperando por un encuentro muy peligroso que nadie debía descubrir.
Ella dio otro sorbo a su café, cuando se escuchó el tintineo de una campanita que anunciaba la llegada de un nuevo cliente al café, Ania levantó la vista.
El hombre que acababa de llegar, vestido con un traje oscuro, se acercó a ella.
— Qué gusto verla de nuevo, señora Anderson. — El hombre la saludó, mientras tomaba