Ania descansaba en su camilla, mirando hacia el blanco e inmaculado techo, mientras se acariciaba el vientre, al tiempo que derramaba lágrimas silenciosamente.
Ella agradecía al cielo inalcanzablemente el que se hubiera salvado uno de sus bebés, pero, por otro lado, sufría profundamente al pensar en la perdida del otro pequeño, era una guerra de sentimientos y sufrimiento lo que batallaba en su interior.
Pero ahora que había sucedido lo peor, Ania no pensaba dejar que la lastimaran de nuevo,