El Cadillac negro cortaba la neblina del amanecer con una ferocidad que hacía que el motor rugiera como una bestia herida. Dentro, el aire era tan denso que parecía de plomo. Félix conducía con una rigidez sobrehumana, sus dedos estaban hundidos en el cuero del volante con tal fuerza que los nudillos amenazaban con perforar la piel. A su lado, Luca era una bomba de tiempo; su respiración era un ritmo pesado y errático, y su mirada estaba fija en la carretera, aunque sabía que su mente estaba un