El sonido del agua hirviendo era lo único que llenaba el vacío absoluto de la cocina, que normalmente olía a desinfectante y orden, pero que ahora estaba saturada por el aroma del ajo salteado en aceite de oliva virgen. Era una escena bizarra, casi obscena por lo doméstica que pretendía ser, chocando violentamente con el recuerdo fresco del olor a hierro y a miedo que todavía impregnaba mis fosas nasales tras la sesión en el sótano.
Félix estaba frente a la isla central, picando albahaca y pere