El viento del puerto era frío y áspero, como si el mar estuviera intentando arrancarme la piel. La humedad se filtraba por mi chaqueta de cuero, pero el frío que sentía por dentro no tenía nada que ver con el clima. No aparté la mirada del hombre arrodillado frente a mí sobre el metal oxidado del muelle 14.
La bolsa negra que cubría su cabeza se agitaba con respiraciones rápidas y desesperadas. Sus manos estaban atadas detrás de la espalda con una cuerda gruesa, tan apretada que los nudillos ya