Capítulo 48
El aire en la suite principal de la mansión era tan gélido que juraría que podía ver mi propio aliento. Me encontraba sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas con tal fuerza que los nudillos me dolían. El eco de los gritos de Marco en el sótano se había detenido, reemplazado por un silencio sepulcral que resultaba mucho más aterrador. El peso de lo que acababa de hacer —desafiar a los hombres más peligrosos de la costa para salvar a un traidor— se sentía como una losa de cement
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