El sol se derramaba como oro líquido sobre los jardines internos del palacio. Anya caminaba entre los setos perfectamente recortados, respirando el aroma de las rosas blancas que bordeaban el sendero de piedra. Este rincón del palacio, alejado de las miradas indiscretas, se había convertido en su refugio durante las últimas semanas. Aquí, entre la naturaleza domesticada por siglos de jardineros reales, podía pensar con claridad.
O al menos intentarlo.
El sonido de pasos firmes sobre la grava la