El salón privado de la Reina Madre parecía más pequeño aquella tarde. Las cortinas de terciopelo azul oscuro filtraban la luz del atardecer, creando un ambiente íntimo y casi confesional. Anya observó cómo la anciana monarca se movía con lentitud calculada hacia el pequeño escritorio de caoba, donde descansaba una caja de madera labrada con el escudo de armas de los Argemiria.
—Cierra la puerta, querida —pidió la Reina Madre con voz serena pero firme—. Lo que voy a mostrarte no debe salir de es