El automóvil avanzaba por un camino de tierra bordeado de cipreses centenarios. Anya observaba por la ventanilla cómo el paisaje se transformaba gradualmente, alejándose de la pulcritud de la capital para adentrarse en una región más salvaje y menos domesticada de Argemiria. El príncipe Elian conducía en silencio, con la mirada fija en el horizonte y las manos tensas sobre el volante.
—¿Estás seguro de que nadie nos ha seguido? —preguntó Anya, mirando por el espejo retrovisor.
—Salimos antes de