La oscuridad en la mansión era absoluta, rota solo por el parpadeo de las luces de emergencia rojas que bañaban los pasillos con un tono siniestro. El zumbido del dron asesino afuera del balcón se sentía como el de un insecto gigante esperando su momento para picar.
—¡Muévete hacia la biblioteca, Elena! —ordenó Adrián, cubriéndome con su cuerpo mientras nos arrastrábamos por el suelo, evitando los cristales rotos.
—¿La biblioteca? ¡Es una trampa de cristal, Adrián! —repliqué, sintiendo el frío