El deportivo blindado chirrió sobre el pavimento húmedo, esquivando el camión cisterna por apenas unos milímetros. El impacto contra la valla de contención nos sacudió, pero Adrián recuperó el control con un rugido de rabia. Por el retrovisor, vi la mansión a lo lejos; una columna de fuego se elevaba hacia el cielo nocturno, marcando el lugar donde habíamos dejado a Beatriz.
—¡Tenemos que volver! —grité, sujetando el USB contra mi pecho como si fuera un amuleto—. ¡Adrián, ella no podrá salir so