La Torre Varela olía a ozono, humo y a ese aroma metálico que deja la adrenalina después de una batalla. Los equipos de emergencia subían por las escaleras mientras Adrián y yo permanecíamos en el centro de la sala de juntas, rodeados de cristales rotos y pantallas que aún parpadeaban con datos recuperados.
—¿El verdadero dueño? —repetí, sintiendo que la palabra "victoria" se me deshacía entre los dedos—. Adrián, Mauricio era el arquitecto de todo esto. Él manejaba los activos, él contrató a lo