El pasillo trasero de la torre corporativa se transformó en una olla de presión absoluta. La aguja de la jeringa neumática presionaba la piel de mi cuello, justo sobre la carótida, mientras el temporizador financiero en mi tableta continuaba su descenso implacable. Veintiocho segundos. Veintisiete.
Al final del corredor, Adrián se quedó congelado. Por primera vez desde que lo conocía, vi la duda cruzar sus ojos negros, reemplazada de inmediato por un terror primitivo y salvaje. Sus nudillos est