El silencio en la gran sala de juntas de la Bolsa de Valores era tan denso que el zumbido de los servidores informáticos parecía un estruendo. Adrián permanecía a mi lado, con los dedos firmemente entrelazados con los míos, proyectando una calma imponente que contrastaba con la desesperación reflejada en los rostros de nuestros verdugos.
Ángel Eduardo Nava contemplaba la carpeta de piel que Adrián había depositado sobre el estrado, con las pupilas dilatadas por la incredulidad. A su lado, Isabe