El ático del Upper East Side se había transformado en una jaula de mármol negro y susurros de alta traición. Afuera, la silueta nocturna de Manhattan titilaba tras los inmensos ventanales de cristal blindado, pero en el interior, el ambiente estaba cargado de una quietud densa, casi asfixiante. El eco de nuestra victoria sobre los banqueros de la Mesa Redonda todavía vibraba en el aire, pero el precio de operar en las sombras como prófugos federales era una paranoia que se colaba por los conduc