El documento lacrado en color púrpura relucía sobre el mármol negro como una guillotina burocrática suspendida sobre nuestras cabezas. Ángel Eduardo Nava nos había dejado una trampa perfecta: si Adrián asistía a la Bolsa de Valores, la Interpol cerraría las esposas en torno a sus muñecas; si nos escondíamos en el ático, el silencio validaría la expropiación forzosa orquestada por Isabel. El tablero parpadeaba en rojo a pocas horas de la apertura del mercado de Nueva York.
Adrián avanzó hacia la