El sedán negro se deslizaba en un silencio sepulcral por las calles de un Manhattan que despertaba entre jirones de niebla. A través del cristal blindado, el Distrito Financiero se alzaba como un cañón de granito y vidrio, un territorio gélido donde las fortunas se creaban y se destruían en el espacio de un parpadeo. Vestida con mi traje sastre blanco inmaculado, mantenía la espalda recta y la mirada fija en el asfalto. Sabía que en el ático, la nota sobre la almohada ya habría despertado el mo