El eco de la voz de Isabel Rivas aún flotaba en la penumbra del ático como un gas venenoso. La frecuencia del micrófono espía se había cortado con un chasquido sordo, dejando a la sala técnica sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido de los servidores. Adrián permanecía inmóvil a mi lado, con los músculos de la espalda rígidos y la mandíbula apretada, asimilando que nuestra fortaleza en el Upper East Side ya no era un refugio seguro. El tablero de ajedrez mental que creía