El amanecer de Nueva York se filtró por los inmensos ventanales del ático, tiñendo la sala de juntas de un tono grisáceo y frío. Valeria ya no estaba en la clínica clandestina. Adrián la había trasladado de madrugada en una camilla médica encriptada, instalándola en la suite de huéspedes del subsuelo técnico del ático. Estaba viva, pero confinada en una jaula de cristal donde cada uno de sus latidos era monitoreado por nuestros sistemas.
Me mantuve de pie frente a la cafetera de la cocina modul