El crujido de los neumáticos del Mercedes contra el lodo de Queens marcó mi regreso a la clínica clandestina. El sobre de cuero azul de mi madre, húmedo por la lluvia pero intacto, se sentía como un escudo blindado contra mi pecho. Al bajar al sótano, encontré a Adrián esperándome junto a la consola de monitores de ultra seguridad. El cirujano salía en ese momento del quirófano improvisado, bajándose el cubrebocas con manos temblorosas.
—La bala no tocó ninguna arteria principal, señor Varela —