La primera regla rota
La mansión estaba en silencio, pero ese silencio pesaba más que cualquier grito.
Me quedé de pie en medio de la habitación, con el teléfono todavía en la mano y las palabras del guardia repitiéndose en mi cabeza como un eco cruel: “Dice ser… la madre del hijo del señor Varela.”
Adrián no había negado nada.
Solo me miró con esos ojos oscuros, intensos, que parecían guardar más secretos que toda la ciudad junta.
—¿Es verdad? —pregunté, y mi voz salió más baja de lo que querí