La luz del amanecer entraba como cuchillas a través de los ventanales del comedor principal. Todo en esa casa parecía diseñado para intimidar: el mármol negro, la mesa de caoba para doce personas, los candelabros modernos que parecían armas.
Bajé a las siete y media, vestida con uno de los trajes nuevos que habían dejado en mi habitación: pantalón negro recto y blusa blanca impecable. No pensaba darles el gusto de verme derrotada.
Matilde ya estaba supervisando la mesa. Al verme, sonrió con esa