El rostro del Alto Comisionado llenaba la inmensa pantalla de cristal líquido. Sus ojos grises, inquietantemente similares a los de mi difunto abuelo, nos observaban desde las sombras de una biblioteca que apestaba a un poder rancio y antiguo. Los doce banqueros suizos, incluido Klaus Keller, se encogieron en sus asientos de cuero, reducidos a meros espectadores en el coliseo donde se decidiría el destino de mi dinastía.
Un espasmo de agonía atravesó mi abdomen, una punzada tan violenta que mi