El sonido del cuerpo del Alto Comisionado desplomándose contra la alfombra de su biblioteca resonó a través de los altavoces de la sala de juntas de Ginebra como el eco de un imperio derrumbándose. En la inmensa pantalla de cristal líquido, el hombre que se creía dueño del destino del mundo yacía inerte, derrotado no por una bala, sino por el peso aplastante de la ruina absoluta.
Los doce banqueros suizos estaban petrificados. El silencio en la sala era tan espeso que casi ahogaba.
Un nuevo esp