Los cuatro guardias de seguridad del Banco Federal de Ginebra avanzaron hacia nosotros con la sincronía impecable de una maquinaria suiza. Eran moles de músculo envueltas en trajes oscuros, entrenados para disuadir cualquier escándalo con eficiencia y fuerza. El vestíbulo de mármol negro se convirtió en un tablero de ajedrez donde nuestra derrota parecía inminente.
Un espasmo de dolor cruzó mi vientre, haciéndome perder el aliento por un segundo. Me aferré al brazo de mi esposo.
Adrián no me so