A las tres de la madrugada, la euforia de la gala en el Museo Metropolitano había dado paso a un silencio sepulcral en nuestro ático. La élite global nos había jurado lealtad, los embajadores habían retirado la orden de La Haya, y Nueva York volvía a ser nuestro tablero de ajedrez privado.
Mientras caminaba por el pasillo hacia el despacho, sentí que la fatiga amenazaba con derribarme, pero el dolor pélvico era ahora una simple molestia eclipsada por el éxtasis del poder absoluto. Había salvado