La luz del amanecer teñía de un naranja pálido los inmensos ventanales de nuestro ático, pero en los ojos de Adrián, la noche aún no había terminado. El contrato que había reducido al heredero del Círculo Áureo a la servidumbre absoluta descansaba sobre el escritorio de caoba, una prueba tangible de nuestra victoria. Sin embargo, mi esposo no celebraba.
Lo observé desde el umbral de la habitación, envuelta en mi bata de seda. Adrián estaba de pie junto a la cuna de acrílico. Su figura masiva se