El ático estaba envuelto en la penumbra. Sobre la inmensa cama, yacía un vestido de seda blanca que Dante había enviado hace una hora. El billete adjunto decía: Para mi emperatriz. Nos vemos en el altar a las ocho.
Miré la tela inmaculada, sintiendo cómo el odio me quemaba las entrañas. La idea de envenenar su copa de champán esta noche o empujarlo por el balcón de la suite nupcial había cruzado por mi mente de forma tentadora. Había convivido tanto tiempo con monstruos que la violencia empezab