La luz de la linterna vaciló un segundo. No fue un fallo de la batería; fue el temblor de nuestras manos.
Al final del túnel, la figura de la enfermera permanecía estática. Su silueta, recortada contra un resplandor blanco e irreal que venía desde las profundidades, parecía la de un ángel exterminador. La pistola en su mano no vacilaba. Sus ojos, fijos y gélidos, tampoco. Sin embargo, no percibí odio en su mirada. Lo que vi fue algo mucho más peligroso: certeza.
—Bajen las armas —ordenó con una