El estruendo de las puertas góticas al cerrarse resonó como una sentencia de muerte. Los hombres de negro avanzaron con una sincronización mecánica, sus rifles con silenciador apuntando directamente al centro del altar. El emblema en sus pechos —un diamante de obsidiana atravesado por una daga— brillaba bajo la luz mortecina de las velas que aún quedaban en pie.
—¿El Consejo Superior? —Héctor Rivas retrocedió, su rostro palideciendo hasta volverse del color de la ceniza—. No... todavía no es el