La lluvia de la madrugada había dado paso a un amanecer gris y metálico. A las seis de la mañana, la Torre Varela era un gigante dormido. Las oficinas estaban desiertas, los pasillos en penumbra y el silencio reinaba de forma absoluta.
Para cuando las puertas del ascensor privado se abrieron en el piso cincuenta, nosotros ya estábamos listos. Santiago había sobreescrito los códigos de seguridad del edificio con la misma facilidad con la que uno apaga un interruptor de luz.
El despacho presidenc