El reloj del tablero del SUV marcaba las dos de la madrugada cuando nos estacionamos en el callejón trasero del edificio corporativo donde operaba el bufete de Felipe Montes. La lluvia caía en una llovizna fina y helada, lavando el asfalto y sumiendo a la ciudad en un silencio sepulcral.
Estábamos vestidos de negro, fundiéndonos con las sombras. Ya no éramos los magnates de la Torre Varela; éramos los verdugos de la noche.
—Cámaras en bucle. Sistemas biométricos desactivados —la voz de Santiago