La noche cayó sobre la mansión como un manto pesado. Apenas había probado bocado en la cena. Mi estómago estaba cerrado por los nervios y la anticipación. Después de la tensa reunión con los abogados, Adrián había cumplido su palabra: a las diez en punto me mandó un mensaje corto y directo: “Mi oficina. Ahora.”
Bajé vestida con pantalón negro y una blusa sencilla de seda gris. Sin maquillaje, sin armadura. Quería que me viera tal como estaba: cansada, furiosa y desesperada por la verdad.
Cuando