A las nueve de la mañana del día siguiente, el hospital privado Santa Elena parecía más frío y aséptico que nunca. Había pasado la noche en vela, con las revelaciones de Adrián repitiéndose en mi cabeza como una película sin final. Apenas dormí dos horas. Mi mente no dejaba de ver la cara destrozada de Adrián al contarme lo del accidente, el informe falso y la mano de mi padre en todo aquello.
Matilde me acompañó hasta la entrada del hospital. Adrián quiso venir, pero le pedí que no lo hiciera.