Salí del hospital con la cabeza hecha un caos. El abrazo de Adrián en el estacionamiento había sido breve pero intenso. Ninguno de los dos dijo nada durante el trayecto de regreso a la mansión. El silencio era pesado, cargado de todo lo que aún no habíamos hablado.
Al llegar, Matilde nos informó que los abogados ya esperaban en la sala de juntas pequeña. Adrián me miró.
—¿Estás en condiciones de hacer esto ahora?
Asentí. No quería posponerlo más.
Entramos juntos. Montes y otros dos abogados de