El rugido de los motores del Gulfstream G650 mitigaba la tensión asfixiante dentro de la cabina. Volábamos a cuarenta mil pies de altura sobre el Atlántico Norte, violando tres tratados de extradición internacionales. Adrián no estaba en los asientos de piel; un prófugo federal con alerta roja de Interpol no podía arriesgarse a pisar el espacio aéreo europeo sin desatar un conflicto geopolítico. Él se había quedado en Nueva York, oculto en las sombras, controlando la logística táctica y movien