La mirada de Agustín seguía fija en mí, cargada de una fascinación intensa que resultaba casi obscena en medio de la peor noche de mi vida. Su ofrecimiento no era el de un socio corporativo; era el de un hombre encandilado por el peligro, dispuesto a arriesgar su propia estructura con tal de ganarse un gramo de mi atención.
—No sé quién eres ni me interesa tu devoción, Agustín —siseé, apartando mi muñeca de su agarre con un movimiento seco y cortante—. Pero si tienes los accesos para burlar el