El aire en la sala de juntas de obsidiana se volvió irrespirable. Adrián dio un paso al frente; el sonido de sus zapatos contra el mármol fue el preámbulo de una ejecución. No había estrategias en sus ojos, solo la violencia pura de un depredador viendo a su mayor enemigo profanar su guarida.
—Dante —el nombre escapó de los labios de Adrián como una maldición, cargado de un odio tan antiguo que envenenaba la habitación.
Extendí mi mano, apoyándola firmemente sobre el antebrazo de Adrián. Mis de