El eco de la bofetada silenció por completo el Gran Salón del Museo de Arte Moderno.
La música de cámara pareció detenerse, y el murmullo de los cientos de invitados a la gala de beneficencia corporativa se congeló. En el centro de la pista, bajo la luz de los candelabros, mi mano aún ardía por el impacto. Adrián giró el rostro lentamente, la marca roja de mis dedos floreciendo en su mejilla.
—¡Me mentiste! —grité, mi voz resonando con un resentimiento desgarrador, lo suficientemente alto para