El primer proyectil no fue una bala, sino un cilindro de comunicación que atravesó la ventana del salón principal, rodando por el suelo de madera hasta detenerse a los pies de Adrián. No explotó. En su lugar, proyectó un holograma de baja frecuencia que iluminó la penumbra del pabellón con un resplandor azulado.
—No se molesten en disparar a los drones —dijo una voz distorsionada, una que me resultó escalofriantemente familiar, aunque no lograba ubicarla en mi memoria—. He venido a ofrecer una