El nombre parpadeaba en la pantalla con una cadencia venenosa, iluminando el salón en penumbras con un resplandor esmeralda. Ángel Eduardo Nava. Un eco de un pasado que creíamos haber sepultado bajo toneladas de mármol y contratos corporativos.
Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal, un frío que nada tenía que ver con la nieve que caía sobre Manhattan. Adrián, cuyo cuerpo entero se había relajado apenas unos minutos antes, se tensó de golpe. La metamorfosis fue instantánea; el esposo dev