El trayecto desde el ático hasta el distrito financiero fue un ejercicio de disociación absoluta. Sentada en la parte trasera del todoterreno blindado, cada bache de las calles nevadas de Nueva York enviaba una punzada de fuego líquido a través de mi pelvis. Mi cuerpo, aún desgarrado por el trauma de haber dado a luz y por el esfuerzo sobrehumano de la sala de partos, me suplicaba que me detuviera. Sentía la humedad cálida de la sangre manchando las vendas ocultas bajo la inmaculada seda de mi