El trayecto de regreso desde el distrito financiero hasta nuestra jaula de cristal fue un descenso a los infiernos del dolor físico. Cuando las puertas del ascensor del ático se abrieron, la adrenalina que me había mantenido erguida frente al Senado se evaporó por completo.
Adrián me esperaba en el umbral. Al ver mi palidez cadavérica y la mancha escarlata que había comenzado a arruinar la impecable seda blanca de mi traje, el rey de Queens dejó de respirar. No hubo preguntas, ni reproches por