El aire en los muelles estaba cargado de sal y pólvora. Desde el coche, el sonido de los disparos dentro de El Renacido llegaba a mis oídos como martillazos secos. Ignoré la orden de Adrián. No podía quedarme sentada esperando a ser un daño colateral o una viuda de oro.
Me quité los tacones, desgarré la falda de mi vestido de novia para poder moverme y guardé el USB en mi ropa interior, el único lugar seguro que me quedaba. Salí del coche y me deslicé entre los contenedores de carga, siguiendo