El eco de mis pasos descalzos contra el mármol frío de la Catedral se sentía como latidos en una tumba. El aire olía a incienso viejo y a cera quemada, pero debajo de eso, flotaba el olor metálico de la sangre fresca. Avancé por el pasillo central, con el vestido de novia desgarrado arrastrándose como una bandera de rendición.
Llegué al altar. El ataúd de roble oscuro estaba rodeado por cientos de velas negras que parpadeaban con una brisa inexistente. El teléfono en su interior seguía vibrando