La limusina se detuvo frente a la villa alpina de Agustín, una imponente estructura de piedra y cristal oculta entre los pinos cubiertos de nieve. El trayecto final había sido un desierto de palabras. El ambiente seguía espeso, cargado con el residuo del beso que Agustín me había robado y la fría promesa de destrucción que Adrián había dejado flotando en el aire a través de la frecuencia satelital.
Apenas cruzamos el umbral del gran salón, el aire pareció succionado de la habitación.
Adrián ya