El siseo del gas cayendo desde las molduras del techo era el sonido de la muerte envuelto en un aroma traicionero a almendras amargas. En la oscuridad sepulcral del despacho de Hans, el pánico intentó arañar los bordes de mi mente, pero lo aplasté con la fría lógica que Clara Voss me había enseñado a cultivar. El miedo no salvaba imperios; los datos sí.
Me deslicé por el suelo hasta la base del servidor. Mis pulmones ya comenzaban a protestar, exigiendo un oxígeno que se estaba evaporando. Con