—Abre la puerta, Elena. Necesitamos hablar con la cabeza fría.
La voz de Diego sonó grave detrás de la gruesa puerta de roble. Elena no se movió de su posición en el suelo. Se llevó las rodillas al pecho, hundiendo el rostro en ellas. Los golpes en la puerta volvieron a escucharse, esta vez más lentos pero cargados de insistencia.
—Quiero estar sola, Diego. Vete —respondió Elena. Su voz era ronca, arrastrando los restos de un llanto que aún no se había disipado del todo.
—No me iré hasta que ab