—A partir de hoy, no saldrás de esta casa, Elena. Ni un solo paso.
Elena detuvo el movimiento de sus manos, que en ese momento abrochaban los botones de su blusa. Se giró para mirar a Diego, quien permanecía rígido junto a la puerta de la habitación. El rostro de su esposo estaba pálido y sus ojos, enrojecidos, delataban que no había pegado un ojo en toda la noche. Al otro lado de la ventana, los restos de la lluvia nocturna aún empañaban los cristales, dejando una profunda sensación de melanco